Atrapaúmbras

Los últimos rayos de sol morían y Éric se apresuró a recoger sus artilugios de pesca y el cubo con los peces que había atrapado. Su madre siempre insistía en que jugara con el resto de niños en la playa, pero él replicaba que prefería ayudar en casa porque ya no era tan pequeño.

Oyó a lo lejos el tañido de las campanas del templo del pueblo. Los niños interrumpieron sus juegos y los más pequeños salieron corriendo para regresar a sus casas. Éric también quería correr, pero se forzó a mantener el paso tranquilo: era lo que hacían el resto de chicos de su edad, pese a que ya empezaba a distinguir las primeras umbras acercándose al camino.

Éric pasó junto a ellas, fingiendo que no estaban allí. Atravesó una masa informe y oscura, del tamaño de un perro, y no pudo evitar que se le erizara el vello de los brazos y la nuca. Las umbras no oponían resistencia, no estaban ni frías ni calientes, eran como fantasmas y vagaban a la puesta de sol.

Siguió caminando hacia el pueblo, y más y más umbras aparecían en la vereda del camino. Quería llegar a casa ya y esconderse bajo las mantas de su cama. Odiaba tener miedo, y se odiaba también a él mismo por eso. La mayoría de niños dejaba de ver las umbras a los nueve o diez años, pero él ya había cumplido trece la semana pasada y todavía las veía todas las noches. Y Éric se afanaba en madurar, en hacer cosas de adulto, para ver si así solucionaba el problema.

Vio una umbra más oscura que las demás cortando el camino y se detuvo al momento. Ese tipo de umbra era el que realmente lo aterraban: eran aún más negras, más grandes y a veces lo envolvían causándole una sensación de tristeza que le duraba durante días, como si le absorbiesen las ganas de vivir.

«Ya no eres un niño», se recriminó. Apretó la mandíbula y los puños y reanudó la marcha hasta alcanzar a un grupo de hombres que volvían con leña del bosque. Tuvo suerte y la umbra lo ignoró cuando se cruzaron a menos de un par de pasos.

Cuando llegó al pueblo, entró en pánico. Las campanas del templo seguían repicando, pero se podían oír los gritos y los llantos de niños aterrados. Y entonces, al final de la calle principal, apareció la umbra más grande que Éric había visto en su vida. Era gigantesca, tan alta como un edificio, y avanzaba lenta pero decidida. Cuando alcanzaba a una persona, se paraba unos instantes y Éric sabía que les estaba haciendo algo. Un sudor frío le recorrió la frente cuando se dio cuenta de que tendría que pasar relativamente cerca de la colosal umbra si quería refugiarse en casa.

Los perros callejeros ladraban y los caballos porfiaban en los establos. Éric siempre pensó que tenían tanto miedo como él. Dejó caer el cubo con los peces, y decidió atravesar calles donde había gente: de ese modo él no sería la única presa. Salió corriendo como si su vida dependiera de ello.

No era el único que lo hacía, otros grupos de niños pasaban a toda la velocidad y Éric los esquivó como buenamente pudo. Los adoquines estaban resbaladizos con el relente del atardecer, y resbaló más de una vez. No paraba a ver si se había hecho sangre en las rodillas, corría y corría.

Tenía la impresión de que la umbra colosal lo seguía: daba igual los cambios de dirección que tomaba, si giraba la cabeza la podía ver detrás de él. Cada vez más cerca, y aún quedaban varias calles hasta llegar a la de su casa… Los pulmones le ardían del esfuerzo.

Hasta que al doblar la esquina de un callejón, se chocó contra algo contundente y cayó al suelo. Un resplandor anaranjado cegó sus ojos, y cuando recobró la visión unos instantes después pudo ver cómo la luz provenía de un círculo luminoso que se ensanchaba por momentos. Estaba situado encima de la umbra, y esta empezaba a deformarse y a ser absorbida por la luz.

—No hace falta que corras más, chico. —La voz era grave y provenía de un hombre corpulento, en un uniforme que no había visto nunca. Había chocado contra él al girar la calle.

A su lado había un hombre más joven y más delgado, ataviado con la misma capa y ropa de uniforme. Portaba un artilugio similar a un trabuco, pero con una infinidad de botones y cables. Cuando la umbra acabó por desaparecer, presionó una palanca y el disco luminoso se cerró con un zumbido.

—Yyyy… ya está. Todo bajo control, mi sargento.

Éric no cabía en su asombro.

—¿S-sois…?

—¿Atrapaúmbras? —dijo el hombre corpulento con una sonrisa—. Sí. No solemos venir a pueblos tan pequeños, pero habíamos detectado una gran cantidad de energía úmbrica esta luna nueva y preferimos no arriesgar y venir aquí.

—¡Y menos mal, sargento! —añadió el otro hombre—. Esta era gigantesca, habría podido succionar la energía vital de medio pueblo.

—Un momento, ¿podéis ver las umbras? —preguntó Eric, confundido. Aquello no tenía sentido.

—Claro, ¿cómo podríamos hacer este trabajo si no?

—Pero solo los niños pequeños pueden verlas… —replicó.

—Bueno, no siempre es así, aunque ya lo sabías, ¿no? —el sargento le guiñó un ojo.

Éric se ruborizó. Nunca había admitido aquello ante un adulto.

El hombre más joven se arrodilló para mirarle a los ojos.

—Mira, chico, necesitamos a gente como tú. —Rebuscó con la mano en su bolsillo y sacó un colgante con un disco de hierro y un símbolo grabado. Se lo colgó a Éric del cuello. —Cuando cumplas dieciséis, ven a la capital y enseña el colgante a cualquiera de la guardia: nos encargaremos de ti y de tu familia.

Los dos atrapaúmbras se marcharon y Éric se quedó quieto, asimilando lo que acababa de pasar. No estaba solo, había más gente como él. ¡Y adultos! Cerró su mano sobre el disco del colgante, decidido.

Reanudó su camino a casa, veloz, con una sonrisa. Se moría de ganas de contarle a su madre que de mayor sería un atrapaúmbras.