Homo sapiens

También disponible en audiorrelato, grabado por Phonema Locuciones:

El maestro Uriel disolvió una pizca de polvo púrpura bajo su lengua para intensificar su conexión espiritual. Gracias a su entrenamiento no lo necesitaba estrictamente, pero siempre recurría a la sustancia cuando quería ver con más claridad.

En menos de un minuto los colores del aura de su alma se intensificaron y titilaron alrededor de su propio cuerpo. Uriel se afanó en buscar el verde lima del egoísmo y el azul añil de la corrupción, pero no pudo detectarlos. Tampoco el naranja ardiente de la ira. Sí veía, en cambio, partículas plateadas de bondad y doradas de compasión. Pero lo que más abundaba era centelleos carmín de puro miedo y terror.

La puerta que tenía en frente se abrió y el gran maestro Elías le invitó a pasar. Uriel sabía que era inútil esconder su miedo, pues su alma era totalmente visible a alguien tan experimentado como su superior.

—Es normal estar preocupado —dijo mientras le ponía la mano en el hombro, firme—. No te habría elegido para esto si no lo estuvieras.

Uriel no contestó; no sabía qué decir. El alma del gran maestro lucía principalmente de dorado y plata: ni rastro de maldad. No se lo explicaba, aquello que estaban haciendo tenía que ser malvado por necesidad.

Un llanto retronó en la sala de laboratorio y una enfermera les entregó al bebé. La acompañaba la maestra Judith, la directora del proyecto. Tampoco detectó Uriel un atisbo de maldad en ellas.

Uriel cogió al niño en brazos, y al mirarlo sintió una mezcla de horror y maravilla. Aquel bebé era tan suave como lo fue su hijo recién nacido en su día, estaba arrugado y rojo, y lloraba como cualquier otro niño. Pero ese bebé era el primer Homo sapiens de la historia que no tenía alma.

—Está sano —informó Judith—. Los otros siete saldrán en pocos minutos de la incubadora. Los análisis genéticos han dado el resultado esperado; son tal y como los diseñamos.

—Esto… Esto es un error —barbulló Uriel con la voz temblorosa. No entendía por qué en el Gran Concilio se había rechazado profundizar en la robótica: si la posibilidad de la singularidad tecnológica, de que una máquina superara con creces el intelecto humano, era tan real, entonces lo mejor hubiera sido no hacer nada; asumir que todos tendrían que trabajar, de alguna manera u otra, con una automatización mínima. Al menos dormirían mejor por las noches.

—Ya hemos hablado de ello. Muchas veces —le reprendió el gran maestro Elías—. Los necesitamos si queremos que toda la humanidad pueda dedicarse a su desarrollo espiritual; no está bien que seamos tan pocos maestros. Estos niños, y los que vendrán detrás de ellos, crecerán para ayudarnos.

—¡Estos niños también son humanos! ¿Y si no quieren?

—Claro que son humanos, pero no tienen espíritu que desarrollar. En cuanto a la voluntad… confío en que sabrás educarlos para que quieran participar y vivir en sociedad, como hacemos todos. Incluido tú.

Aquella noche, Uriel la pasó solo en el laboratorio, con la mirada clavada en las ocho cunas, cada una con un bebé con sensores conectados a un monitor. Dormían plácidamente, a pesar de que no había arrullado a ninguno al acostarlos. Uriel ardía por dentro de rabia, aquello no estaba bien y se había visto arrastrado hasta esta situación. No era correcto, no era justo, y se maldijo porque los que pensaban como él eran una minúscula minoría.

Sacó de su bolsillo su saquito de polvo púrpura. Sabía que si lo consumía todo de golpe moriría en cuestión de minutos. Con suerte tardaría al menos un par de décadas en reencarnarse y alguien, otro, ya habría dado con una solución más racional a todo esto. Y podría empezar una nueva vida, sin tanta culpa.

Abrió el saquito e introdujo sus dedos en él. Agarró un puñado de polvo y se lo llevó a la boca. Pero cuando apenas sus labios tocaron la sustancia un monitor empezó a pitar con el lloro de uno de los neonatos.

Uriel volvió a la realidad, dejó caer el polvo y corrió hacia el bebé. Suspiró aliviado cuando vio que sus constantes vitales estaban bien, probablemente solo tendría hambre. «Qué difícil es saber qué le pasa a un bebé sin poder ver su aura…», pensó.

Vio cómo la sonda de alimentación se llenaba de líquido, y supo que el gran maestro Elías tenía razón: él era el más indicado para criar a estos niños, porque era a quien más le importaba.