La casa de cambio
Vaelia miró a su consejero a los ojos, y su sorpresa inicial dio paso a la indignación.
—No hace ni dos semanas que he enterrado a mi padre, ¿y ya estáis pensando en una boda?
—Majestad, debéis pensar en el bien de vuestro reino —insistió el hombre—, y ahora lo que se necesita es estabilidad. Vos sois aún muy joven y, disculpadme el atrevimiento, no muy experta en política. Sin duda, nuestros rivales tratarán de aprovecharse de ello si no establecemos una alianza poderosa con celeridad.
—¿Y eso implica casarme con un extranjero al que ni conozco? —replicó, incrédula.
Desde luego tenía otras preocupaciones más acuciantes.
—Vuestro difunto padre sí lo conocía, mi señora —intervino su ministra de Asuntos Interplanetarios—. Además, tenemos excelentes referencias de lord Navak, y está en la línea directa de sucesión al trono de Zorus. Seguro que, con este apoyo, los irisanos se lo pensarían dos veces antes de intentar alguna hostilidad contra nosotros.
Vaelia se tensó de inmediato al escuchar la referencia a Iris. Un planeta en los confines de su sistema solar, pero con un poder comercial que no dudaban en usar para conseguir sus objetivos políticos. Habían ganado incontables guerras económicas. Su padre siempre le había advertido de la ambición desmedida de los irisanos. Eran una amenaza en la sombra, constante, como una serpiente que esperaba observando paciente a su presa antes de dar un golpe definitivo…
«Solo que ya me lo han dado», se lamentó en silencio. Miró a Xana, su comandante de la guardia interina, que estaba apostada firme bloqueando la puerta de la sala. Era excelente, había formado parte de su guardia personal durante más de un lustro, pero… «Pero no es Rylan».
—Hablando de Iris —se volvió hacia su ministra—, ¿tenemos alguna información nueva sobre el paradero de sir Rylan Artorius?
—Me temo que no, mi señora —contestó la mujer inclinando la cabeza—. Nuestros servicios de inteligencia no han podido localizarlo. Lo único que sabemos es lo que ya le comunicamos: todo apunta a que fue secuestrado por agentes irisanos.
—¡Sabemos eso desde hace semanas! —estalló, dando un golpe en la mesa—. ¿Cómo es que no hemos logrado averiguar nada más?
—Mi señora —contestó la ministra midiendo con cuidado sus palabras—, los espías de Iris son famosos en la Confederación por su fiabilidad. Vos ya lo sabéis, no encontraréis agentes más taimados que ellos. Nuestros agentes necesitan más tiempo.
Vaelia estaba cansada. Y desesperada. Necesitaba encontrar ya a Rylan, hacía casi un mes desde su desaparición. ¿A qué clase de torturas debían de estar sometiéndolo?
Xana carraspeó desde la puerta. Los demás se giraron durante un instante.
—Si el Consejo me permite, tengo una sugerencia.
—Habla —ordenó Vaelia, haciéndole un gesto con la mano para que se acercara.
Xana obedeció y caminó hacia la mesa donde estaban sentados.
—Sé que no es ortodoxo, Majestad, ¿pero y si acudimos a una casa de cambio?
—¡Ni hablar! —replicó airado el consejero—. Alguien de la posición de Su Majestad no debería cometer jamás tal ignominia. Mi señora —se volvió hacia Vaelia—, vuestro señor padre no aprobaría esto de estar vivo.
La ministra se adelantó a responder.
—Ya lo he intentado, Majestad, le ruego que me perdone el atrevimiento. Pero me temo que ha sido infructuoso, no disponía de un secreto de suficiente rango para ofrecer como pago.
El consejero estaba atónito.
—Majestad —insistió el hombre—, ¡no podemos ofrecer secretos de estado a esa calaña! ¡Y menos por un solo hombre! Era el capitán de su guardia, y es una tragedia, pero-
Vaelia levantó la mano para interrumpirlo. Ya había escuchado demasiado.
—Fuera todos. Tú no, Xana.
El consejero y la ministra hicieron una reverencia con la cabeza a modo de despedida y abandonaron la Sala del Consejo.
—¿Mi señora? —preguntó Xana.
—Vamos a ir a una casa de cambio. ¿Crees que podrías llevarme de incógnito?
—Es muy arriesgado, Majestad. Permita que vaya yo en su lugar.
—El secreto solo lo puedo saber yo. Y nadie más puede enterarse de este viaje, solo iremos tú y yo. ¿Puedes hacerlo?
Xana inclinó la cabeza.
—Sí.
Habían partido el mismo día hacia la estación espacial que albergaba la casa de cambio de su sistema. Xana le había proporcionado un disruptor biométrico para ocultar su identidad en la miríada de escáneres en la aduana y cámaras callejeras, pero suponían que aquello no sería suficiente dentro de la Casa… Se decía que el gremio de cambistas tenía la tecnología más avanzada de la galaxia.
El movimiento constante de su pierna dejaba entrever su nerviosismo. El recepcionista la llamó y le invitó a pasar al interior de la sala donde se hacían los intercambios. Xana hizo un ademán de levantarse, pero Vaelia le puso la mano en el antebrazo para detenerla.
—Será solo un momento. —Ya era raro ir con compañía a un bróker, y no quería dar más sospechas que traicionaran su incógnito.
Xana asintió levemente con la cabeza y omitió su habitual «Sí, Majestad». Vaelia caminó hacia el pasillo y dio una última mirada a su escolta, que la observaba meticulosamente, como imaginando mil y una trampas y ataques posibles. Esa expresión la había visto tantas veces en Rylan…
La sala de intercambio era tal como había oído en rumores en su corte, llena de extraños aparatos y una luz tenue color violeta. La bróker era una mujer que llevaba puesto un casco integral que le ocultaba la cara al completo y distorsionaba su voz.
Al cruzar el umbral de la puerta, los rayos del escáner que había en el marco se activaron.
—Me temo que su disruptor no funciona aquí, Vaelia III, Princesa de Zinda. —La bróker hizo una leve reverencia antes de percatarse de su error. —Oh, disculpe mi torpeza. Reina de Zinda. Mis condolencias por la muerte de su padre.
Vaelia no pudo ocultar del todo su expresión, dolorida, pero a la vez alarmada.
—Espero que sea discreta con este asunto.
—No se preocupe, Majestad, su identidad está a salvo en esta Casa. —La mujer le hizo un gesto para que se sentara en el sillón neural. —Toda su estancia en esta sala, no solo el intercambio de secretos, será borrada de mi memoria cuando salga usted por la puerta. Y tenemos auditorías en el sistema para controlar accesos no autorizados a los registros, sería muy irresponsable por mi parte intentar indagar a posteriori quién ha venido o dejado de venir hoy.
Vaelia asintió y se recostó sobre el asiento. La bróker se acercó y empezó a extraer cables y conectores de una caja.
—Bien, voy a conectarle los lectores de biofeedback. —La mujer comenzó a ponerle sobre el cuerpo lo que parecían una especie de electrodos, así como una banda fina en la cabeza. —Esto se encarga de dar información al detector de mentiras. No es que no me fíe de Su Majestad, pero nos gusta dar este tipo de garantías a nuestros clientes.
Vaelia asintió de nuevo, incómoda. Era la primera vez que a su palabra no se le presuponía veracidad, y le hizo sentir pequeña, como si no tuviera la carga del peso de todo un planeta, su planeta, sobre los hombros.
—Bueno —la bróker reanudó la conversación—, ya está todo listo. —Se sentó en el escritorio y se puso al teclado. —Dígame, ¿qué secreto quiere adquirir?
—Quiero saber el paradero de Rylan Artorius, comandante de mi guardia personal, así como las circunstancias de su desaparición.
La bróker pulsó un par de teclas y leyó la pantalla de su terminal.
—Lo tenemos, secreto de nivel siete. Serán 3 000 000 de créditos más un secreto del mismo nivel o superior.
—De acuerdo, ¿cómo hago para entregar un secreto?
—Simplemente dígalo y el sistema lo tasará. No se preocupe, si al final decide no canjearlo, no entrará en nuestra red. —La bróker le hizo un gesto con la mano invitándola a hablar.
—He tenido un affaire de más de dos años con Rylan Artorius.
Vaelia recordó brevemente su primer beso con Rylan. Lo atento que había sido siempre, sus valiosos consejos a la hora de lidiar con ciertos personajes siniestros en su corte. Todo el apoyo que le había dado desde que su padre enfermó hacía unos meses.
La bróker esperó a que un nuevo mensaje apareciera en su terminal y sacudió la cabeza.
—Mis disculpas, Majestad, ese secreto ya está en nuestra base de datos y no podemos aceptarlo. Es además de nivel seis, sería necesario algo más importante.
Vaelia suspiró. «Las paredes del palacio tienen oídos», se lamentó en silencio. Había contado con esa contingencia, pero le frustraba tener que recurrir a su plan B. No se lo había dicho a nadie, al fin y al cabo, ni siquiera a su médico personal, pero tenía que hacerlo si quería encontrar a Rylan.
—Estoy embarazada de dos meses. Rylan Artorius es el padre.
Transcurrió una pausa tensa de unos pocos segundos mientras la bróker esperó los resultados de la tasación.
—Servirá. Para el pago de los créditos, aceptamos una transferencia, pero también chips con efectivo. Imagino que será su caso. —La bróker se levantó y empezó a desconectar los cables y sensores que le había puesto.
Vaelia se levantó del sillón, metió la mano en su bolso y sacó un par de chips: hasta ella, acostumbrada a no tratar con dinero, sabía que era una pequeña fortuna. La bróker comprobó que la suma almacenada era la correcta, los guardó en una caja fuerte, y a continuación volvió a su escritorio y tecleó velozmente.
—Rylan Artorius se encuentra en el planeta Iris, su última localización conocida es el cuartel general de los servicios de inteligencia irisanos.
Vaelia cerró los ojos, medio aliviada porque aún estaba vivo, pero aterrorizada a la vez. «Debe de estar al borde de la muerte. Tengo que rescatarlo ya, como sea».
—En cuanto a las circunstancias de su desaparición —reanudó la bróker—, es un agente encubierto de Iris y regresó tras acabar la misión que se le encomendó.
A Vaelia se le secó la garganta de inmediato y se quedó en blanco mientras procesaba esa información. Se llevó la mano a su estómago, su cabeza no paraba de dar vueltas. Cuando asumió los hechos, la rabia empezó a devolverle el sentido.
—¿Qué misión? —preguntó con voz raspada.
—Es un secreto de nivel nueve, Majestad.
Comprendió. ¿Cómo había sido tan tonta?
—No hará falta —declaró a la vez que se levantó de la silla y abandonó la sala a grandes zancadas.
No necesitaba que la casa de cambio le confirmara lo que su instinto le gritaba. Atravesó la recepción sin detenerse y Xana se levantó a toda prisa para ponerse a su altura.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó en voz baja.
—Vamos a vengar a mi padre.