La ira de los antiguos

Zaka llegó hasta la entrada de los túneles y la aprensión le hizo sentirse más niño de lo que era. Los sabios de su clan contaban que en esa zona del yermo habían llegado a vivir infinidad de antiguos y que utilizaban esos túneles para moverse de un lado a otro.

Observó las escaleras que se adentraban en el subsuelo y un escalofrío recorrió su espina dorsal. Nunca había estado tan cerca de una construcción de los antiguos, pero nunca había tenido que ir a rescatar a su hermano mayor.

Llevaba antorchas, pedernal para hacer fuego, raciones, cuerdas… y un cuchillo que le había dado el jefe del clan, no sin antes haber tratado de disuadirlo. «Joko era un explorador experimentado», le había recordado. «Si no ha vuelto aún, será que los espíritus han reclamado su vida. No podemos hacer nada, Zaka, y Joko conocía los riesgos de despertar la ira de los antiguos».

Y ciertamente la ira de los antiguos era temible —habían destruido el mundo, al fin y al cabo—, pero no iba a abandonar a su hermano. Prendió una de sus antorchas y descendió por las escaleras, dejando el yermo atrás.

Llegó a túnel bastante ancho, en el que unas barras de metal recorrían el camino ancladas al suelo. Siguió la marcha, bajo un silencio pesado solo roto por el ruido de alguna alimaña, que retronaba con eco.

«Parece que estoy solo, es buena señal», pensó Zaka. Los sabios del clan siempre contaban que las ruinas de los antiguos tenían dos grandes peligros: los guerreros de otros clanes en busca de tesoros y los espíritus que guardaban el territorio. Al menos parecía que no tendría que enfrentarse a otros humanos y, con suerte, los espíritus no se fijarían en él.

Llevaba una hora caminando y divisó una luz titilante. Sabía que los antiguos colgaban antorchas mágicas que no se apagaban nunca, y algunas seguían funcionando. Cuando llegó hasta ella, vio que estaba colocada encima de una puerta metálica. La abrió con un gran chirrido y pasó al interior de una sala, iluminada también levemente con más luces mágicas. El corazón se le heló cuando escuchó a lo lejos la voz de los espíritus.

Siguió avanzando tratando de ser sigiloso, pero sus pasos retumbaban en ese suelo tan duro de piedra lisa. Era sala tras sala, algunas con armarios metálicos, otras con lo que parecían sillas, restos de vidrio rotos en los rincones. La voz de los espíritus se hacía cada vez más fuerte. No conocía apenas su lengua, pero sí pudo identificar una palabra: «alerta». El mensaje se repetía una y otra vez, y Zaka estaba a punto de huir cuando atisbó en el umbral de una de las puertas restos de sangre. Seca pero reciente. Sería la de Joko.

Sintió como si una mano invisible le oprimiera el corazón y se quedó paralizado. A la voz de los espíritus se le unió un zumbido que se iba acercando cada vez más y más. Al poco el espíritu en forma de criatura metálica apareció sobrevolando la sala. Zaka quería correr, pero el miedo se había apoderado de sus piernas, que no respondían. El espíritu repitió el mensaje una última vez. Zaka gritó.

La criatura descargó un rayo de luz letal, y la voz de Zaka se extinguió para siempre.