Limones y gasolina
León frenó la moto al ver el banderín clavado en la vereda del camino y los demás se detuvieron con él. A varios cientos de metros de distancia, se avistaba la barraca.
—No debería tardar más de una hora—ordenó al desmontar. Se recolocó el subfusil que llevaba a la espalda y continuó hablando. —No quiero incidentes, y me da igual que os provoquen. Si no os atacan físicamente, no respondáis.
La piloto de la moto más cercana se cruzó de brazos.
—No me gusta esto, y no me gusta el clan de la Garra. ¡Se creen los reyes del Páramo! —se quejó la chica—. No entiendo qué hacemos aquí, es un riesgo innecesario. ¡Y no deberíamos darles el medidor de radiación!
—Ya lo hemos hablado; si nos convoca Kuga, vamos. Ella es quien mantiene la paz, al fin y al cabo —dijo mientras sacaba munición de las alforjas y se la colocaba en el cinturón. A continuación, miró hacia el niño que permanecía aún sentado en el asiento de atrás de su moto. —Panda, tú conmigo.
Panda bajó de un brinco y se apresuró a seguirlo medio trotando. Cuando llegaron a la barraca, la mujer que los había estado esperando mientras los apuntaba con una escopeta bajó el arma. Panda no pudo reprimirse y corrió para abrazarse a las piernas de la mujer.
—León, llegas tarde —le espetó, mientras acariciaba la cabeza del niño con el brazo que tenía libre.
—He llegado el primero. Y además, no tiene sentido que haya venido. ¿Sabes lo que me cuesta justificar tus «mediaciones», Kuga? Por mí, Tormenta y su clan se pueden ir al infierno.
La mujer cortó sus palabras con una bofetada.
—Niño, habéis crecido juntos, no os he criado para esto. Estaría bien que no os mataseis, ¿sabéis? Y eso incluye a la gente de vuestros clanes. Así que vete preparando para ceder. Panda, ve con Mila a sacar agua del pozo. Y tú —dijo señalándolo—, acompáñame a la huerta, hay que coger limones.
León resopló y se hizo con la vara terminada en gancho que había usado tantas veces años atrás para cortar los limones del árbol. Volvió su cabeza hacia el pozo con la esperanza de arrebatarle una mirada a Mila, pero Kuga adivinó sus intenciones.
—Vamos, chico, que hay que hacer limonada.
Fueron hacia la parte trasera, donde estaba el huerto, y León apretó la mandíbula al ver una figura familiar junto al limonero, con una rodilla al suelo y echando en un capazo los limones que habían caído, ya maduros. Tenía más o menos su misma edad, y vestía de forma parecida a él: con ropa de cuero desgastada y remendada, y cubierta completamente por el polvo del camino.
Tormenta levantó la mirada al oírlo llegar y lo saludó con una expresión burlona.
—¿Qué haces ahí? Trae el palo y coge estos de arriba —dijo señalando la copa del árbol.
León gruñó y se acercó a grandes zancadas. Kuga se quedó a unos metros de distancia mientras vigilaba simultáneamente a un grupo de niños que jugaba en unos bancales más allá.
—Cuando llegué al final del camino no había nadie —dijo Tormenta mientras enganchaba limones con el extremo de la vara, retorciéndola y soltándolos de la rama.
—Llegué por el acceso norte —respondió León—. Y a diferencia de otros, no necesito una escolta para hacer un viaje corto.
Cada limón caído emitía un golpe sordo en la tierra, y Tormenta los iba recogiendo uno a uno para meterlos en el capazo junto al resto.
—No puedo darte el medidor de radiación —acabó diciendo León tras un silencio incómodo—. En mi clan muchos lo consideran un tesoro.
—¿Quién habló de dar? Solo pido que me lo vendas si no os atrevéis a saquear las ruinas del búnker.
—Te daré el doble de litros de gasolina que hablamos la última vez.
—No.
Kuga se acercó a ellos y los interrumpió.
—Sí —dijo secamente y dio una ojeada al capazo—. Y no los cojas tan verdes, en esa rama de allá los hay más maduros.
León dio un golpe en el suelo con el extremo de la vara y descansó su peso en ella.
—Tendré que pedir un tributo sobre el saqueo. Sobre este y cualquier otro posterior.
Tormenta arqueó las cejas y permaneció callada, esperando a que la mujer interviniera.
—Eso es usura y fue lo que acabó con el mundo. Tú —dijo la mujer señalando a Tormenta— le vas a dar el triple de gasolina— y tú —se volvió a señalar a León— le vas a dar el maldito medidor si no piensas hacer nada útil con él. Y ambos os vais a llevar a un crío cada uno, que yo no doy abasto a mantener tantas bocas y cada vez me llegan más.
León se llevó las manos a las caderas y bajó la cabeza, resignado.
—¿Y Mila? —acabó preguntando—. Nunca te quejas de tener que mantenerla.
—La chica tiene mejores cosas que hacer, León —se burló Tormenta.
—Mila está para cuando yo ya no esté —replicó la mujer—. Porque tiene que haber alguien en el Páramo para evitar que el resto os matéis por un puñado de chatarra. Y ahora, largaos.