Pincel, tinta, papel y piedra

Yun añadió un poco más de agua y restregó la barra de hollín contra la piedra que hacía de pocillo para diluir la tinta a la consistencia exacta que necesitaba. Respiró hondo y trató de poner atención, le resultó difícil.

Los escribas tenían unas normas muy estrictas, y la primera era que los encantamientos siempre se escribían en público, puesto que el suyo era un servicio que prestaban a la sociedad. Y ahí estaba, junto a otros iniciados, afanados en una de las salas de trabajo de palacio. Pero quien le distraía era una persona en concreto, Fei, a la que miraba de manera fugaz entre trazo y trazo…

Se avergonzó al recordar la conversación del día anterior.

—Yun… ya hemos hablado de esto, sabes que no te correspondo —le dijo devolviéndole las rosas—. No me gustaría tener que dejar de ser tu amiga. ¡Ay! Una espina…

—Ten. —Le tendió un pañuelo para limpiarse la sangre. —Lo seguiré intentando —añadió.

—Yun, tienes que parar.

Yun sacudió la cabeza y mojó el pincel en la tinta, tenía trabajo que hacer: un encantamiento de protección que la viuda de un mercader quería poner en su casa. Sumergió los dedos en el cuenco lleno de agua y salpicó el papel, fijado en un caballete de madera. Posó el pincel en el papel húmedo y la tinta se expandió, caprichosa pero controlada. Pintó unas montañas, que nunca cambian y simbolizaban lo seguro, y también un ciruelo, que era el árbol favorito del difunto, para que su espíritu bendijera la casa antes de abandonar este mundo por completo.

Se alejó unos pasos para comprobar el resultado: la segunda regla que tenían los escribas era que no se malgastaba material, ya que el papel y la tinta encantados eran dificilísimos de conseguir. El maestro de sala acudió al instante a observar la obra y dio su aprobación asintiendo en silencio.

Yun miró de nuevo a quien no debía, a Fei, que sonrió a otro, y sintió una punzada en las entrañas. Se forzó a concentrarse, tenía que acabar ese encantamiento de protección cuanto antes. Volvió a restregar la barra de hollín contra la piedra para fabricar tinta, esta vez más densa. Cargó el pincel y se dispuso a escribir la tétrada de sinogramas, los caracteres que compondrían el encantamiento. Cualquier mínimo error o imperfección, y lo echaría a perder. Los trazos del primer sinogramas, «poder», eran firmes y rectos, como correspondía para capturar la esencia de ese tipo de encantamientos. «Los que se me dan mejor son los de sigilo y astucia, con los trazos leves y sinuosos», reflexionó.

Seguidamente, vinieron «auxilio», «calma» y, por último, el sinograma de «protección». Cuando finalizó el último trazó se volvió a separar unos metros y esperó de nuevo la aprobación del maestro de sala. Una vez la obtuvo, firmó con su sello y tinta roja y los trazos de los sinogramas y las aguadas se arremolinaron lentamente: continuarían haciéndolo durante los años que durara el encantamiento. El maestro de sala sonrió con satisfacción, murmuró una felicitación en voz baja, enrolló el papel y se lo llevó con cuidado.

Yun era por fin libre el resto del día. Fei no estaba en la sala, debía de haberse marchado ya. «Con Liu, seguramente». Se dirigió hacia su celda tratando de no acelerar el paso, pero no pudo evitar apretar los puños de la ira. No había marcha atrás.

Cuando llegó, se aseguró de esperar a la hora a la que se servía la cena para que nadie lo interrumpiera. Levantó una de las tablillas de maderas del suelo donde escondía su alijo de papel y barra de hollín encantados. Restregó la barra en el pocillo y añadió agua para fabricar tinta. Sacó el pañuelo que le había prestado a Fei para enjugarse tras pincharse con la rosa y lo sumergió en la tinta.

La tercera regla de los escribas es que nada justifica realizar magia de sangre. Ni siquiera un encantamiento de amor.